“¿Escuchas eso?” dijo con la mirada clavada en algún sitio
que nadie podría ver excepto ella. Extendió su mano y él podía ver cómo su
espíritu volaba con sus sueños. Se alejaban del suelo moviéndose con fragilidad entre el mar
torrencial de sus emociones dejándose llevar por la corriente. Escuchaba una
llamada de aquel mar que hacía que su alma bailase burlándose de aquel crespón
con dientes afilados que perseguía con una mirada ansiosa cada uno de sus pasos
intentando agarrar aquel alma transparente y fugaz que se movía con total
libertad delante de sus propios ojos ponzoñosos de oscuridad.
No hacía falta nada real para ver cómo una pequeña parte de
ella se hacía sólida ante sus ojos meciéndose entre el amor y el odio, la
felicidad y la tristeza, la vida y la muerte. Dando pasos que nunca había
preparado avanzaba con la corriente al compás de su fuerza mientras él dejaba
caer una lágrima por su mejilla con el alma encogida por el dolor; pues veía
que no sólo aquella luz se apagaba, si no que los pasos de aquella macabra
ilusión se veían entorpecidos por las manos muertas de su maldición.
Su mano extendida rozaba aquella ilusión sin poder llegar a
tocarla y salvar a aquel pedazo de su ser que luchaba incansable por seguir,
pero ya no le quedaban fuerzas, su luz se apagaba, y su mar iba en una
corriente que hundía su cuerpo.
“Sí” dijo él dejando caer todas las lágrimas que nublaban su
vista. Agarraba su mano apretándola como si así no fuera a escaparse del mundo
dejándolo sentado en aquella silla incómoda en la que pasó meses esperando
volver a tenerla entre sus brazos como antes. Sonriéndole a centímetros de su
cara, siendo tan feliz que soñaba con serlo todo con él. Hasta que esa
felicidad se convirtió en una simple palabra sin emoción alguna. Su alma quedó
atrapada entre las garras de su parca interior, su luz se apagó y también la de
él mientras sus labios se posaban en los de ella fundiéndose en un último adiós
sin palabras, sólo con el corazón.
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