Seca, como una rama me parto con el viento azotador, y no
puedo más que dejarme llevar por su estremecedora frialdad y me parto, acabando
hecha pedazos por todas partes. Intento hacerlos llegar a mí de nuevo pero no
soy más que el recuerdo de una naturaleza viva que antes fui. Impotente tapo
toda luz de esperanza. No quiero ver. No quiero sentir. Huir de este invierno
que ata mi corazón a la sequedad fría del viento es lo único que me ata a mis
pensamientos de naturaleza fantasmal.
Ya no puedo mantener sola el atisbo de vida dentro de mí,
pues es sólo eso, un reflejo que se borra cuando la luz del sol se va, y el sol
no llegará nunca pese a mis anhelos de calidez para sentirme viva otra vez.
Nieva y mis pedazos se funden con la tierra, igual que mi
vida y no pude despedirme de la calidez del sol. Por eso te digo: adiós
querido, mantuviste mi vida pero no llegaste a tiempo para el último empujón.
El invierno se lo llevó todo con él y tan sólo dejó un rastro de mi triste
muerte entre su nieve. Adiós amado, mantendré en mi memoria cada segundo en el
que me sentí viva, pero ha llegado el
momento de dejarme llevar con el viento hasta el fin y desvanecerme en las
oscuras aguas de mi lago mortal. Adiós, nunca volveré a verte, sólo en mi
recuerdo. Guárdame en tu memoria, pues yo te guardaré en lo más profundo de mi
corazón seco de invierno y soledad.
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